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Hay clubes que ganan porque juegan mejor. Hay clubes que ganan porque compiten mejor. Y luego está el Real Madrid, ese monumento español a la ventaja estructural, ese club que ha convertido el poder en escudo, la propaganda en teología y el victimismo en una forma obscena de dominación.
Desde El Salvador, desde este sur global donde uno aprende muy temprano a distinguir entre mérito y privilegio, el madridismo se ve con una claridad que quizá en España cuesta más aceptar. Porque cuando uno vive lejos del centro imperial, reconoce rápido los gestos del poder: la arrogancia disfrazada de grandeza, el favor presentado como justicia, la presión mediática vendida como opinión pública, la complicidad institucional maquillada de tradición.
El Real Madrid no es simplemente un club de fútbol. Es una maquinaria cultural, política, mediática y sentimental que durante décadas ha enseñado a medio planeta una idea peligrosísima: que ganar siempre es señal de superioridad moral.
No lo es.
A veces ganar mucho solo significa que el sistema te empuja con viento de cola.
La paradoja blanca: tantas ayudas, tan poca excelencia
La tesis es incómoda, pero cada vez más evidente: una de las causas profundas de los malos resultados del Real Madrid no está fuera de su modelo de poder, sino dentro de él.
El Madrid se ha acostumbrado tanto a ser tratado como patrimonio sentimental del Estado, como club intocable, como criatura predilecta del centralismo español, que ha terminado desarrollando una mentalidad de heredero mimado. Y el heredero mimado rara vez se esfuerza como el hijo que sabe que nadie vendrá a rescatarlo.
Ahí está la gran diferencia con el FC Barcelona.
El Barça sabe que, para ganar, no le basta con ser bueno. Tiene que ser muy bueno. A veces, extraordinario. Muchas veces, casi perfecto.

El Barça sabe que un error arbitral en contra puede convertirse en tendencia. Que una campaña mediática puede durar meses. Que un relato construido desde Madrid puede intentar ensuciar incluso sus mejores épocas. Que una victoria azulgrana nunca es solo una victoria deportiva: también es una insurrección contra el guion oficial.
Por eso el Barça, cuando está de verdad conectado con su identidad, compite con una tensión histórica que el Madrid no conoce. El Barça no juega solamente contra once futbolistas. Juega contra el ruido, contra el prejuicio, contra la sospecha prefabricada, contra la maquinaria del relato.
Y aun así gana.
Por eso duele tanto.
El poder también pudre el hambre
La gran tragedia deportiva del Real Madrid es que su poder lo ha vuelto cómodo.
Cuando una institución se sabe protegida, deja de desarrollar reflejos de supervivencia. Cuando un club siente que el ecosistema siempre acabará inclinándose a su favor, se relaja. Cuando una afición cree que ganar es un derecho hereditario, convierte cada derrota en conspiración y cada partido difícil en agravio.
El Madridismo institucional no entiende la derrota como parte del deporte. La entiende como anomalía administrativa.
Si pierde, algo raro ha pasado.
Si no gana la Liga, la competición está adulterada.
Si el árbitro no le concede la decisión dudosa de siempre, entonces hay persecución.
Si el Barça gana, hay que buscar un expediente, una sospecha, un archivo, una filtración, una portada, una tertulia, una sombra.
Así funciona el poder cuando pierde: no se pregunta qué hizo mal; pregunta quién se atrevió a no obedecerlo.
El “Caso Negreira”: el bulo como arma de compensación emocional
El llamado “Caso Negreira” ha sido utilizado como una gran coartada narrativa para intentar reescribir la historia reciente del fútbol español. No como un debate honesto sobre gobernanza, transparencia o conflictos de interés —que sería perfectamente legítimo—, sino como un garrote político-mediático para manchar el ciclo más brillante del Barça moderno.
El objetivo nunca fue solamente investigar. El objetivo fue instalar una sospecha permanente.
Porque ante el trauma de haber visto al mejor Barça de la historia —el de Messi, Xavi, Iniesta, Busquets, Puyol, Guardiola— destruir el relato imperial del Madrid en el campo, hacía falta una explicación alternativa. Una salida psicológica. Una anestesia para el orgullo herido.
No podían aceptar que el Barça jugó mejor.
No podían aceptar que el Barça enseñó al mundo una forma superior de entender el fútbol.
No podían aceptar que el centro del universo futbolístico se hubiera desplazado, durante años, de la Castellana al Camp Nou.
Entonces había que ensuciarlo todo.
El relato es viejo: cuando el poderoso no puede negar la belleza de la rebelión, intenta criminalizarla.
El Club Estado y la moral del asaltante ofendido
Lo más grotesco de todo es ver al Real Madrid presentándose como víctima histórica del arbitraje español. Es casi una escena de teatro absurdo: el ladrón denunciando a la víctima por no dejarse asaltar con suficiente elegancia.
El club que más se ha beneficiado del clima institucional español ahora se rasga las vestiduras porque el mundo no le concede automáticamente la razón.
El club que ha tenido siempre altavoces, despachos, amistades políticas, cobertura mediática y una red simbólica de poder incomparable, ahora pretende convencernos de que vive perseguido.
Hay que tener mucho rostro.

O mucha costumbre de impunidad.
El Real Madrid no necesita comprar cada decisión, ni ordenar cada portada, ni controlar cada despacho para ser un club favorecido por el sistema. El poder moderno no siempre opera mediante órdenes explícitas. A veces opera mediante atmósferas. Mediante inercias. Mediante miedos. Mediante carreras profesionales que todos saben cómo se premian y cómo se castigan.
Eso es lo que muchos no quieren discutir.
Porque discutirlo obligaría a mirar más allá del penalti de turno. Obligaría a examinar la arquitectura completa del fútbol español.
La afición del escaparate
También hay que decirlo: el Real Madrid convoca, como todo club gigantesco, a millones de aficionados genuinos. Pero también convoca a una especie muy reconocible: el aficionado de escaparate, el que no busca una causa, sino una vitrina; el que no ama el fútbol, sino el reflejo de sí mismo al lado del trofeo; el que elige equipo como quien elige bando en una guerra ya ganada.
“Yo voy con los que ganan”.

Esa frase, tan simple, tan pobre, tan reveladora, explica buena parte de la sociología madridista global.
No es amor. Es oportunismo emocional.
No es pertenencia. Es turismo de la victoria.
No es fútbol. Es adhesión al poder.
Y por eso, cuando el Madrid pierde, ese tipo de aficionado no sabe qué hacer. No tiene épica para resistir, ni memoria de sufrimiento, ni cultura de adversidad. Solo tiene exigencia, soberbia y berrinche.
El culé, en cambio, sabe sufrir. A veces demasiado. El culé conoce la derrota, la injusticia, el robo emocional, la campaña de desprestigio, la burla, el silencio cómplice. Pero también conoce algo que el madridismo de escaparate no entiende: la belleza de ganar contra el poder.
El Barça como rebelión
Para un culé del sur global, el FC Barcelona no es solamente un club catalán. Es una idea.
Es la posibilidad de que el talento colectivo venza al aparato.
Es la prueba de que la belleza puede ser una forma de resistencia.

Es la camiseta que, en sus mejores épocas, no representó únicamente goles, títulos y jugadas memorables, sino una insurrección estética contra el fútbol del músculo, del decreto, del relato único.
El Barça nos enseñó que se puede desafiar al poder tocando la pelota. Que se puede humillar al arrogante sin gritar, solo pasándole el balón por dentro. Que una pared entre Xavi e Iniesta podía ser más subversiva que cien discursos. Que Messi, bajando la cabeza y arrancando desde tres cuartos, podía convertir en ceniza todo el teatro de la superioridad blanca.
Por eso el Barça molesta tanto.
No porque gane.
Sino porque cuando gana, desmiente una jerarquía.
La cárcel dorada del madridismo
El Real Madrid haría bien en cambiar de modelo. Haría bien en liberarse de esa dependencia enfermiza del poder. Haría bien en dejar de comportarse como ministerio deportivo del orgullo español. Haría bien en competir desde la humildad, en aceptar que no todo árbitro que no lo favorece es enemigo, que no toda Liga que no gana está adulterada, que no todo éxito del Barça necesita una causa penal para ser explicado.
Pero no lo hará.
Porque el poder es cómodo.
Porque la ventaja estructural se vuelve adictiva.

Porque quien ha vivido demasiado tiempo con privilegios termina confundiendo igualdad con persecución.
Y porque el madridismo institucional no quiere justicia: quiere restauración.
Quiere que el mundo vuelva a su orden natural imaginario, ese en el que el Madrid gana, el árbitro acompaña, la prensa bendice, el político sonríe y el rival acepta su papel secundario.
Pero el fútbol, por suerte, todavía conserva rincones de rebeldía.
Y uno de esos rincones se llama FC Barcelona.
Conclusión: el poder no siempre te hace más fuerte
El Real Madrid tiene dinero, influencia, prensa, historia, amistades y una maquinaria emocional gigantesca. Pero todo eso no garantiza grandeza deportiva. A veces, precisamente, la debilita.
Porque el poder excesivo anestesia.
La ventaja permanente ablanda.
La impunidad reduce el hambre.
Y el club que cree tener derecho divino a ganar termina olvidando que el fútbol, antes que relato, sigue siendo juego.
El Barça, con todos sus errores, con todas sus contradicciones, con todas sus heridas autoinfligidas, representa para muchos de nosotros algo más noble: la obligación de vencer sin red, la necesidad de ser mejores porque el sistema no perdona, la dignidad de competir sabiendo que enfrente no solo hay un equipo, sino una estructura.
Por eso ser culé desde El Salvador no es una moda. Es una declaración.

Es estar con quienes no nacieron para obedecer el relato del poder.
Es apoyar al club que, cuando juega como sabe, convierte el balón en una forma de desobediencia.
Y es recordarles a los señores del Real Trampas de Madrid una verdad sencilla, brutal y hermosa:
pueden tener los despachos, los micrófonos, los favores y los relatos.
Pero cuando el Barça alcanza la perfección, ni todo el poder de España les alcanza para detenerlo.


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